Cuando una familia me contacta, casi siempre empieza igual: “el problema es mi hijo adolescente”, “mi hija no come”, “mi pareja y yo discutimos por los niños”. Hay una persona señalada, un miembro al que se le pone la etiqueta de “el problema”. Y entiendo por qué: es lo que más se ve. Pero desde la terapia familiar sistémica, mi formación y mi forma de trabajar, miramos algo distinto: el síntoma de una persona suele ser la voz de algo que está pasando entre todos.

No lo digo para quitarle responsabilidad a nadie ni para repartir culpas de otra manera. Lo digo porque, en la práctica, cuando una familia deja de preguntarse “¿quién tiene el problema?” y empieza a preguntarse “¿qué nos está pasando?”, casi siempre algo se destraba.

El mito del “miembro problema”

En terapia sistémica hay un concepto clave: el paciente identificado. Es la persona a la que la familia señala como “la del problema” —el adolescente que se rebela, el niño que no duerme, quien tiene la ansiedad—. La propuesta sistémica, que viene de pioneros como Salvador Minuchin, es que esa persona muchas veces está cargando, a través de su síntoma, una tensión que pertenece a todo el sistema familiar.

Pongo un ejemplo que se repite: un adolescente que empieza a “portarse mal” justo cuando los papás están atravesando una crisis silenciosa de pareja. Su conducta, sin que nadie lo planee, desvía la atención del conflicto de fondo y, a su manera, mantiene a la familia ocupada en otra cosa. No es manipulación consciente. Es cómo se mueven los sistemas.

El síntoma de una persona suele ser la solución que el sistema encontró para un problema que nadie nombró.

Dos formas de mirar el mismo conflicto

La diferencia entre una mirada lineal —buscar un culpable— y una mirada sistémica —entender las relaciones— cambia por completo lo que se puede hacer. Así se ve:

Mirada lineal

¿Quién tiene el problema?

  • Busca un culpable
  • Una persona “falla” y hay que corregirla
  • El resto observa desde afuera

Mirada sistémica

¿Qué nos está pasando?

  • Mira las relaciones entre todos
  • El síntoma cumple una función en el sistema
  • El cambio es cosa de todos
La pregunta que cambia todo: pasar de “quién falla” a “qué nos pasa”.

Qué se trabaja en terapia familiar

La terapia familiar no se ocupa de “arreglar” a una persona, sino de abrir formas más sanas de relación. Algunos de los temas más frecuentes que acompaño:

  • Comunicación entre padres e hijos que se quedó atascada.
  • Conflictos entre hermanos o roles familiares rígidos.
  • Adolescentes en momentos difíciles y la familia que los rodea.
  • Crisis y transiciones: una pérdida, una separación, una enfermedad.
  • Familias reconstituidas que buscan integrarse con respeto.
  • Patrones que se repiten de una generación a otra.

Señales de que una familia se beneficiaría

No hace falta una catástrofe. Estas son algunas señales que, en mi experiencia, indican que un espacio familiar puede ayudar:

  • Las conversaciones terminan casi siempre en pleito o en silencio.
  • Hay un tema que todos rodean pero nadie habla de frente.
  • Un integrante concentra toda la preocupación de la casa.
  • Una transición importante está costando más de lo esperado.
  • Sienten que se quieren, pero ya no saben cómo acercarse.

Cómo funciona el proceso

Una duda muy común es si tiene que ir “toda la familia” a cada sesión. La respuesta es no. El trabajo se organiza por configuraciones, según lo que cada momento necesita.

1. Conocer el sistema

En las primeras sesiones conozco a la familia: quiénes la forman, cómo se relacionan, qué patrones aparecen, qué roles ocupa cada quien. No llego con un veredicto; llego con curiosidad.

2. Compartir una hipótesis

Les devuelvo lo que voy observando —con cuidado y sin juicios— y juntos definimos hacia dónde queremos ir. La familia es parte activa de entender qué está pasando.

3. Trabajar por configuraciones

A veces trabajamos con la familia completa; otras, solo con los padres, con los hermanos, o con una persona. Lo importante no es quién está en la sala, sino qué movimiento del sistema estamos acompañando.

No se trata de buscar culpables

Quiero subrayar esto porque es lo que más miedo da al llegar: la terapia familiar no es un juicio. Nadie sale señalado como “el malo de la película”. La premisa sistémica, cercana también al trabajo de Murray Bowen sobre los sistemas familiares, es que las dinámicas se sostienen entre todos —muchas veces con la mejor intención— y que justamente por eso pueden cambiarse entre todos.

En una familia, cuando uno se mueve, todos se mueven. Ahí está la dificultad, y también la esperanza.

Cómo trabajo la terapia familiar

Mi formación es en terapia familiar sistémica breve, y ese es el corazón de cómo acompaño: miro el conjunto, cuido a cada integrante y busco movimientos concretos que se noten en casa, no solo en la sesión. Si sientes que en tu familia algo se quedó atascado, puedes conocer más sobre la terapia familiar o, si el foco está en un adolescente, sobre la terapia para adolescentes. No necesitas tener claro el diagnóstico para empezar: empezamos por mirar juntos.